Los mocosos salvajes: infancia y adolescencia en el cine de Truffaut

François Truffaut (París, 1932-1984) maduró la mirada cinematográfica sobre la infancia. Con honrosas excepciones (el Ozu de He nacido, pero…, el debutante Tarkovski o, sobre todo, dos de sus reconocidos referentes: Cero en conducta de Vigo y Alemania, año cero de Rosellini), el cine anterior apenas había tomado en serio a los niños, ignoró sus conflictos y los convirtió en títeres ternuristas al servicio de la (auto)complacencia adulta o los presentó sólo como víctimas secundarias. Con Los mocosos, mítico cortometraje que pregona la Nouvelle Vague (o al menos su vía naturalista), Truffaut enuncia ya una responsable poética de la infancia, desarrollada luego en tres de sus largometrajes esenciales, Los cuatrocientos golpes, El pequeño salvaje y La piel dura, en los que se ponen además en juego algunas de las claves de la educación y sus trances.

La calle

Son bien conocidas las circunstancias en las que Truffaut vivió su infancia y su adolescencia: la sombra de un padre ausente, la relación turbulenta con una madre despegada, la pésima trayectoria escolar concurrente con una gran pasión por la literatura y el cine, la deriva social hasta el cruce con su mentor, André Bazin. Es bien conocida su identificación con Antoine Doinel, el protagonista de Los cuatrocientos golpes (1959) y de otros cuatro filmes en los que el personaje va envejeciendo. Aunque son muchas las películas que sirven de vehículo al testimonio autobiográfico, es difícil encontrar en el cine otro héroe que responda a una proyección de identidad tan declarada y reconocible por parte de su creador.

Doinel podría considerarse, además, el héroe infantil del existencialismo. Escupido, vomitado a este torbellino de palabras y cosas que es el mundo, personaliza tanto y tan bien como pudo llegar a hacerlo Meursault la filosofía de la crisis, el desarraigo del ser humano contemporáneo, su carencia de certezas, su orfandad, su extranjería (aunque el personaje de El extranjero de Camus no tuviese derecho a la esperanza y Truffaut parece concedérselo al suyo al final de Los cuatrocientos golpes).

Antoine estorba. Siente, sobre todo en el contexto familiar, las molestias que origina su simple presencia. Sus padres charlan despreocupadamente delante de él sobre cuál será la mejor forma de “deshacerse” del niño en vacaciones. Duerme en un cuarto minúsculo, atestado de trastos. Se ve desplazado en su propio hogar, por lo que su espacio natural es la calle, esas calles de Pigalle que reflejan la vida moderna llena de riesgo y de aventura: la calle donde todo es posible, donde siempre hay un ritmo positivo subrayado en la película por la música de Jean Constantin.

Les mistons (en España se tituló Los mocosos), el corto que Truffaut rodó, casi como un ensayo, dos años antes de Los cuatrocientos golpes, transcurría también prácticamente en su totalidad en la calle. El final de esta bellísima peliculita desliza (para sus protagonistas y los espectadores) un valioso aprendizaje callejero, una experiencia que poco tiene que ver con aulas o pizarras.

En Los cuatrocientos golpes, las instituciones educativas aparecen como un ente represor en el que la autoridad familiar delega. Los profesores (en tanto que adultos) parecen hablar un idioma distinto al de los alumnos. Se presentan como ridículos obsesos de la disciplina y el academicismo o, en el mejor de los casos, como incompetentes administradores de una tutela que los padres no saben o no quieren ejercer.

Sus enseñanzas no conducen al verdadero aprendizaje, más bien lo obstruyen, lo coartan. Es muy ilustrativa la secuencia de la redacción. Los chicos se aburren cuando un profesor les obliga a memorizar y repetir los versos de los clásicos franceses, pero cuando Antoine descubre casi por casualidad a Balzac queda deslumbrado. Para cumplir el encargo escolar de una redacción, Antoine se encomienda a Balzac con auténtica devoción religiosa: le pone una vela a un retrato del escritor. Pero una vez más las circunstancias se desbocan y todo se confabula en su contra. Su homenaje al “santo” Balzac causa un pequeño incendio en casa y cuando le muestra la redacción a su profesor éste lo acusa de plagio. El acercamiento puro de Antoine al conocimiento termina así por perjudicarle, en una espléndida metáfora del perverso funcionamiento de los sistemas educativos rígidos.

Las jaulas en las que son encerrados los más pequeños del internado en el tramo final de la película concretan una imponente imagen de la escuela como cárcel.

La selva

Como Antoine Doinel, Victor de Aveyron, el protagonista de El pequeño salvaje (1969), no fue un niño mal tratado sino un niño no tratado. En las entrevistas promocionales de Los cuatrocientos golpes, Truffaut apuntaba siempre un referente histórico que habían utilizado para perfilar el personaje de Doinel: un experimento llevado a cabo bajo el mandato del emperador Federico II. Un grupo de niños fue criado por nodrizas que se encargaron de cuidarlos y alimentarlos sin brutalidad ni desprecio, pero sin una sola muestra de cariño, sin hablarles ni acariciarles. El resultado fue demoledor: todos los niños murieron muy pronto. Truffaut explicaba que al escribir el guión de ese primer largometraje suyo había imaginado cuál sería el comportamiento de un niño si hubiera sobrevivido a un tratamiento idéntico, en el umbral de los 13 años, los mismos que tiene Antoine en el filme.

Una década después iba a encontrar una posibilidad de extremar el abandono de Antoine Doinel en el documentado caso real de Victor, el adolescente encontrado en 1799 por unos cazadores en un bosque de Aveyron, en el Languedoc, cerca de los Pirineos franceses.

El bosque, la selva, fue para Victor el espacio de la libertad y el aprendizaje inmediato en cierto modo como la calle lo era para los niños de Les mistons o Los cuatrocientos golpes. Victor es selva; cuando lo buscan intenta camuflarse con las hojas caídas. Detrás del interés por esta historia, late la sintonía de Truffaut con cierto ideal roussoniano nostálgico por la inocencia perdida. La película hace referencias inequívocas a esa “felicidad” forestal y primitiva de la que el personaje ha sido arrancado. Pero trasciende el mito del buen salvaje para plantear una controversia en otro plano: la consideración de que Victor es salvaje porque es idiota o es idiota porque es salvaje. Frente al planteamiento del profesor Pinel, que defiende que ya era “idiota” cuando lo abandonaron (y que fue abandonado precisamente por eso), el doctor Itard (vocacionalmente interpretado por Truffaut) sostendrá que ha sido la falta de afecto y de contacto con otros humanos la que ha impedido el desarrollo de su inteligencia.

Pinel está muy cerca de los rígidos docentes caricaturizados en Los cuatrocientos golpes, mientras que Itard (cuya tesis se impone) representa un modelo de profesor muy distinto, entregado en cuerpo y alma a su discípulo y a la educación como una causa, como una fe. Ya que la civilización le ha arrebatado a Victor su inocencia, Itard siente la responsabilidad de dotarlo con las herramientas que lo guíen en su nuevo mundo, del que ya no podrá escapar: “aunque todavía no seas un hombre, ya no eres un salvaje”.

La piel

La confianza en las posibilidades de la educación sistematizada (aunque progresista) y en la responsabilidad de los educadores que se intuye tras un personaje como el Itard de El pequeño salvaje va a actualizarse en La piel dura (1976). Dos maestros muy diferentes sirven de nuevo para plantear una crítica pedagógica. La señorita Petit, muy preocupada por las formalidades (es muy clarificadora su primera aparición, en pleno empeño porque los niños reciten a Molière de memoria y “con nervio”), guarda una distancia con sus alumnos que le impide conocerlos, entenderlos y ayudarlos realmente. El profesor Richet, en cambio, se nos muestra siempre informal y cercano, hasta el punto de que no sólo lo vemos en la escuela sino también en su casa, como esposo, como vecino, mucho más allá de su rol docente.

En las clases, Richet es también muy distinto a Chantal Petit, mucho más abierto a la improvisación, a la participación de los alumnos y al intercambio de conocimientos entre ellos, donde el profesor apenas funciona como un orientador. Descubrimos la clave de la vocación de Richet en su larga intervención final y una vez más es inevitable vislumbrar en él la biografía de Truffaut: “porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y no me gusta la manera que tienen de ocuparse de los niños es por lo que he elegido el trabajo que hago”. Si el rodaje de Los cuatrocientos golpes estaba demasiado cerca de las traumáticas experiencias del joven estudiante Truffaut como para considerar algún modelo positivo de enseñante, el largo monólogo del protagonista de La piel dura retrata a un educador ideal para el Truffaut de 1976.

La confianza en cierta educación oficial no implica en cualquier caso desprecio ni falta de admiración por la anárquica pureza de la niñez. Más bien todo lo contrario. Toda la película es un canto de amor a la libertaria poesía de la infancia, filmada de una forma muy naturalista, en coherencia con la responsabilidad que el director demandaba a cualquier director que se interese por los niños: “Como los niños ya traen automáticamente consigo la poesía, creo que se ha de evitar introducir elementos poéticos en una película infantil, para que la poesía nazca de sí misma […]. Para ser más concreto, yo encontraría más poética una secuencia en la que apareciera un niño secando platos que otra en la que el mismo niño vestido con un traje de terciopelo cogiera flores en un jardín con una música de Mozart de acompañamiento”[1].

La camaradería, el enamoramiento, el deseo o la curiosidad nutren esa poesía que la cámara de Truffaut recoge en sus películas infantiles. Y aunque La piel dura tenga un tono general amable también atiende la cara más sórdida de la convivencia entre niños y adultos, personificada en Julien.

Pero, siempre que los mocosos salvajes están por medio, recorriendo a gritos las calles de Thiers o de cualquier otra ciudad, a pesar de todo hay esperanza, parece decirnos Truffaut en la voz de Lydie, la mujer de Richet: “Los niños son muy fuertes, se burlan de la vida, son graciosos y además tienen la piel dura”.



[1] TRUFFAUT, François. “Reflexiones sobre los niños y el cine”. Publicado originalmente en Le Courier de l’Unesco, número especial ‘Niños’, 6 de febrero de 1975. Recogido en TRUFFAUT, François. El placer de la mirada. Barcelona: Paidós, 1999.


Texto de Juan Antonio Bermúdez,
publicado en el nº 2 de Cámara Lenta

'Tebraa. Retratos de mujeres saharahuis'. Un canto contra el olvido


La tebraa es el canto de las mujeres del desierto del Sahara. Son cantos de amor o de lamento que entonan cuando están solas.

Con el título de Tebraa, presentamos un documental en el que catorce creadoras de Andalucía perfilan once retratos de mujeres saharauis.
Son historias de mujeres a quienes se les ha negado el derecho a la tierra y que, desde sus campos de refugiados o los territorios ocupados por Marruecos, cantan en su fuero interno por retornar algún día al país que les fue arrebatado en 1975.

Como un puzzle, el documental va presentando piezas breves, de alrededor de cinco minutos, en el que rostros e historias nos van revelando el destino colectivo de un pueblo condenado al peor de los exilios: familias separadas, vidas clandestinas, gente que deambula en un no lugar en donde el tiempo parece detenido y en el que todo es difícil. Y a pesar de ello, o quizás por ello, la vida es de una inusitada fuerza, una resistencia diaria contra la disolución.

Esta película es un humilde homenaje a las mujeres saharauis que resisten en el Sahara ocupado y a aquellas que, casi en solitario, construyeron los campos de refugiados, cuando los hombres estaban luchando contra el ejército marroquí. Ellas, en la porción de desierto prestado por los argelinos, en medio de la nada, prepararon el adobe con el que levantaron sus casas, sus escuelas y sus hospitales.

Han pasado más de 30 años de aquel entonces. Los niños y los jóvenes saharauis que viven en los campos de refugiados han nacido allí entre las piedras y las estrellas y un horizonte infinito de arena. No han podido conocer la tierra de sus padres, que es la suya en realidad, con su desierto pero también con su mar. El Aaiún, Dahla, Aussert, Smara… son los nostálgicos nombres de las principales ciudades del Sahara Occidental con los que los saharauis han bautizado sus campos de refugiados. Son ciudades a las que algún día esperan retornar.

Este documental surgió por iniciativa de la Asociación de Sevilla de Amistad con el Pueblo Saharaui, a raíz del impacto que tuvo la lectura del relato de Fatma El Medhi, donde narra la huida de su tierra y la dureza de los primeros años en los campamentos de refugiados.

La Asociación promovió la idea de realizar una película, con valor de documento, que recoja trozos de la realidad que viven a diario las mujeres saharauis, con la sugerencia, además, de que fueran mujeres quienes contaran estas historias.

Fuimos entonces conformando un equipo. Algunas proveníamos del mundo audiovisual, otras de la arquitectura, el diseño y la escritura. Juntas nos agarramos fuerte al deseo común de contar estas historias, desde el presente, a lo largo de dos años.

Uno de los fines de este proyecto radicaba en su propio proceso, implicar al máximo número de personas con la idea de difundir y acercar la realidad en la que están inmersos los saharauis y que, desgraciadamente, se desconoce en muchos aspectos. Queríamos un proyecto activo, de conocimiento, descubrimiento y denuncia.

Nuestro esfuerzo se vio compensado con la respuesta positiva y participativa de técnicos, artistas, particulares y empresas del medio audiovisual andaluz que, de manera totalmente desinteresada y comprometida, nos ofrecieron su apoyo.

Desde un inicio, Tebraa se fue gestando como un proyecto colectivo. Si bien cada pieza tiene un carácter, un color y una creadora detrás, el conjunto, es decir, el documental con sus 67 minutos de duración, es como un cuarto oscuro en el que una mano –que es la mano de todas– sostiene una linterna y va alumbrando partes de la habitación, de manera que, por trocitos, vamos descubriendo y ubicando en nuestro imaginario lo que hay dentro.

El documental arranca con imágenes del exilio de los saharauis en su huída hacia el desierto: tormentas de arena, mujeres y niños a pie o en camiones... Bea Mateos lo cuenta a partir de los archivos proporcionados por la RASD TV (Televisión Saharaui).

Los saharauis encontraron refugio en la hammada argelina donde, para existir, hay que resistir como las piedras o saber vivir como las acacias del desierto. El primer retrato es el de Maaluma, una matrona de los campamentos que, con muy poco material médico y, apoyándose en el conocimiento tradicional de las que la precedieron, recibe la vida en medio del desierto.

Los niños de los campamentos crecen en la inmensidad del desierto y los destinos empiezan a tomar sus propios caminos.

Laura Alvea y Paz Piñar cuentan la historia de dos niñas: una de mayor quiere ser estrella del pop mientras que la otra sueña con casarse y tener su propia jaima. La primera acude a la escuela y se prepara para viajar, conocer otras tierras, otras gentes, otras voces. La segunda no sabe leer ni escribir; le tocó cumplir con la tradición, estar al cuidado de los más pequeños y de sus mayores. Sin embargo, tienen algo en común: las dos nacieron y ahora crecen en unos campamentos de refugiados.

La historia de Sukaina, la protagonista de la pieza de Dácil Pérez de Guzmán, retrata la realidad de los niños de los campamentos que vienen de vacaciones a España acogidos por una familia. Aquí todo es perfecto, hay cariño, agua y hasta una piscina. Sólo falta la jaima al lado de la piscina.

Mercedes M. del Río cuenta la vida de Fatma, una joven sorda que llegó de niña a España para recibir tratamiento y se quedó. Fatma ya no quiere regresar a los campamentos, a pesar de que su madre y su familia están allá. Fatma tiene en España otra vida, otros amigos y una madre adoptiva española. ¿Para qué volver?

En el “desierto de los desiertos”, donde están los campos de refugiados, la vegetación es prácticamente inexistente. Pero Azuha, junto con otras 1.500 personas, han convertido su día a día en una lucha por conseguir que la tierra casi infértil produzca alimentos para la población. Azuha estudió agronomía en Cuba y hoy trabaja en uno de los huertos de Dahla. María Durán y Carmen Marzal nos cuentan su historia.

Del otro lado del muro, construido por Marruecos, está la tierra soñada: el Sahara ocupado. Eva Morales y Ana Álvarez emprenden un viaje en coche, desde Agadir hasta allí, para encontrarse con mujeres saharauis. Pronto se ven obligadas a actuar clandestinamente. “Miedo, llegamos a tener bastante miedo, tensión, rabia, obsesión…”, recuerdan Eva y Ana. “Nos sentimos controladas, la policía nos pisaba los talones. Nos vimos obligadas a asumir el ridículo papel de espías, hablando en clave por si teníamos escuchas, o haciendo movimientos muy medidos para no levantar sospechas. Sólo queríamos hablar con mujeres saharauis, ¿qué tenía esto de trasgresor?”.

La cárcel y la tortura han sido dos de los métodos más empleados por el ejército marroquí, para callar a los saharauis en su lucha por recuperar su tierra. Fatma y Mamia son dos hermanas que tuvieron que huir en patera de la represión marroquí, después de pasar 16 años en la cárcel y ver morir a su madre y a su padre en ella, todo por ser saharauis. Llegaron hasta Tenerife y, desde allí, contaron su historia a María Rodriguez.

A pesar de la falta de libertades y de la represión que viven a diario los saharauis en la zona ocupada, mujeres y hombres siguen resistiendo y luchando por la causa de su pueblo. Una figura emblemática de esta lucha es Aminetu Haidar, retratada por Ana Rosa Diego.
“Me mataréis, pero nunca conseguiréis matar mis ideas” es una frase famosa de Aminetu, cuenta Ana Rosa, quien dice que cuando le preguntaron sobre ella, Aminetu les respondió: “Esto lo dije mientras un policía me golpeaba en la calle central, llena de sangre... Le dije que aunque me golpeara, nunca cesaría en mi lucha, aunque él me torture, nunca voy a retroceder”.

Mariem Hassan, símbolo de la música saharaui, es la voz que acompaña algunas historias del documental. Raquel Conde nos la muestra, además, en acción, durante un concierto en España, desplegando la fuerza de un canto capaz de atravesar todos los muros.

Niños jugando sobre la arena, piedras, lápidas, una jaima, pasos, un cementerio y una anciana, recuerdos, peces… Seguia El Hamra, región al norte del país, cuyo nombre le viene dado del río que cruza, allí vivió Dad’da hasta la ocupación marroquí. Roció Huertas hace un retrato de la esperanza, la memoria y los sueños de Dad’da, una mujer de 70 años, “una anciana prodigiosa” a quien “ya no le duele nada y no se permite seguir recordando”.

Al día de hoy, los saharauis y todos aquellos que deseamos que se haga justicia con este pueblo, estamos a la espera de que se realice el referéndum de autodeterminación, prometido por las Naciones Unidas desde hace más de 20 años y postergado y atascado por los obstáculos que pone el gobierno de Marruecos, y aquellos Estados que lo apoyan, entre ellos el de España.

La historia está llena de escándalos y muchas veces olvidamos que el presente es la historia que construimos. Por eso, con este documental, hemos decidido desentrecruzar los brazos y unir nuestras voces en un canto contra el olvido, esperando, como John Grierson, desde el cine, estimular el corazón y la voluntad de las personas para afrontar los escándalos del presente.


Texto de Chaska Mori

Selección gráfica: María Durán

Publicado en el nº 3 de Cámara Lenta (diciembre de 2007)


Imagen: fotografía del rodaje de Tebraa (© Alejandro Espadero)

Notas sobre un mundo: 'El Reino' de Lars von Trier



Una misteriosa historia de fantasmas (espíritus y demonios) en un espacio fantasmagórico de la contemporaneidad (un hospital gigantesco). Un pequeño gran teatro donde se representan las pasiones y miserias humanas encarnadas en personajes inolvidables. Una batalla entre el bien y el mal que se entabla en el marco de la planta de neurocirugía. Una inquietante obra de terror que hace asomar reflexiones sobre lo trascendente. Una narración repleta de humor que hace reír a carcajadas. Una obra de arte con un estilo visual técnicamente virtuoso, particular, innovador, tan seductor como convulso.

RECUERDOS DE CINE
Seminci (Semana Internacional de Cine) de Valladolid, 1995. En una sala pequeña y en una sección modesta de la programación del festival (“Punto de Encuentro”, dedicada a películas que no están en la sección oficial a concurso pero que se consideran de cierto interés o relevancia estilística o temática) se proyecta una serie de la televisión danesa llamada Riget, o The Kingdom, o El Reino, de Lars Von Trier, director ya relativamente conocido en España entre los cinéfilos por sus primeras películas: El elemento del crímen y, sobre todo, Europa. Un puñado de espectadores –que paulatinamente van convirtiéndose en cómplices– gozan, entusiasmados, de 280 excitantes, divertidos y conmovedores minutos repartidos en cuatro episodios. Asombrados, incrédulos, los asistentes que se habían aventurado a pasar casi cinco horas de su vida en un cine viendo un trabajo del que apenas existían referencias en nuestro país, subtitulado en inglés y simultáneamente en castellano, aplauden efusivamente al final de cada episodio. Comparten la sensación de estar asistiendo a un acontecimiento cinematográfico, a una obra tan insólita como impresionante.
En 1998 la Seminci (festival que mantiene un ya tradicional idilio con la obra de Von Trier) emite Riget II, cuatro episodios que continúan la acción de la serie justo en el punto en el que se había suspendido en el último capítulo de la primera parte (a pesar de que para todo el elenco habían pasado tres años desde la realización de Riget). El impacto entre los presentes, advertidos y no avisados, se repite.

FENÓMENOS INEXPLICABLES
El Reino, tanto en su primera como en su segunda parte, obtuvo, en su emisión en las pantallas de televisión danesas, un reconocimiento abrumador: audiencias espectaculares, excelentes críticas, premios… Ello motivó que se elaborara una película de cinco horas para la distribución internacional que tuvo notable repercusión en varios países europeos y en Estados Unidos.
Ni la serie ni el film pudieron verse en España, ni en las televisiones ni en la exhibición comercial en cine.
Recientemente ha sido editada, por fin, en DVD en nuestro país la serie completa con magníficos extras. Brindemos por ello.

UN NUEVO RETO DE UN DIRECTOR ADICTO A LOS DESAFÍOS
La DRTV (televisión pública danesa) propone a Lars Von Trier[1] y a Morten Arnfred (codirectores del proyecto) la realización de una serie para la cadena. Estos plantean que suceda en el Rigshospitalet de Copenhague, conocido popularmente como Riget, El Reino, un hospital de esa ciudad famoso por sus tecnologías y avances. Tras un proceso de escritura muy rápido (elaboraron, según declaran, la sinopsis en tan sólo ocho días encerrados en un hotel) y un profuso trabajo de documentación (sobre medicina, sobre hechos paranormales, sobre la propia historia real del hospital), se va perfilando una propuesta que se dispone a no dejar indiferente a nadie y que contará también con la participación de los guionistas Tomas Gíslason y Niels Vørsel, colaboradores habituales de Von Trier.
Con el dinero que consiguió con El Reino I –Zentropa, la productora de Von Trier, estaba en problemas económicos– el director danés pudo hacer factible su siguiente proyecto: Rompiendo las olas (Breaking the waves, 1996), después de haber participado en la declaración pública conocida como Dogma 95, que era sobre todo un juego de agitación y un pacto cómplice entre los amigos que lo impulsaron y firmaron. Este manifiesto estético deseaba (y habría que decir que lo consiguió con creces) hacer pensar sobre el hecho cinematográfico y su sentido último, y estimular libertariamente a los creadores.
La primera parte de El Reino concluye con un final abierto, abrupto e inesperado. Tres años más tarde de su finalización, prácticamente el mismo equipo inicial realiza la continuación, la cual tiene notablemente más subtramas, es más loca, más extremada aún, quizá más arbitraria en su desarrollo, y, por todo ello, acaso más superficial. El Reino II tampoco resuelve, ni mucho menos, las numerosas y más complejas líneas argumentales, con lo que los rumores de una tercera parte (a pesar de las inevitables dificultades que surgen según pasa el tiempo[2]) no han cesado[3].

HAY GRIETAS EN EL EDIFICIO DE LA RAZÓN: LA EMERGENCIA DE LO REAL
Bajo el manto tranquilizador que llamamos Realidad –construida con las palabras que la nombran y definen– habita lo Real, aquello que no tiene nombre pero que no por ello carece de existencia: lo que se nos escapa de los sentidos, lo que está más allá o más acá de nuestros umbrales de percepción, lo que desconocemos, eso que tantas veces nos hiere y deseamos olvidar por amenazante… Una pulsión nos arroja a saber de lo Real, otra a agarrarnos firmemente al principio de Realidad.
En el hospital El Reino (el de la ficción) suceden hechos extraordinarios. Lo oculto –inquietante, inabarcable, indetenible– se revela y emerge en este moderno templo de la ciencia en el que, a su vez, todos tienen algo que esconder.
Lo Real está ahí si queremos o podemos o sabemos verlo, si la fe en la Realidad (derivada de la Ideología, la Ciencia, la Ley y otros universos cerrados que dictan que las cosas son como son y no pueden ser de otra manera) no nos lo impide. Los impulsos de buscar la verdad o no buscarla, desvelar o encubrir, contar o callar –con el debate al fondo entre el bien y el mal– cercan a los protagonistas de la serie, que se remueven en el conflicto. Son, significativamente, los débiles, los marginados, los personajes de la serie que más sensibilidad tienen para detectar lo que realmente sucede y más valor para afrontar el reto. En este sentido destacan: por un lado, una de las principales protagonistas, una señora mayor que finge enfermedades para llamar la atención; por otro, una chica y un chico con síndrome de Down, friega-platos del hospital, que, sin salir de la cocina, en los sótanos del centro, van contándose –en escenas tan inquietantes como impregnadas de una extraña poesía– sobre lo que sucede en la serie, porque ellos –no se sabe por qué– parecen tener todas las claves sobre los misterios humanos y los asuntos paranormales que van aconteciendo.

UNA OBRA-MUNDO
Obra-mundo: así se calificó en la revista Cahiers de cinema a El reino. Influida por Twin Peaks (David Lynch y Mark Frost, 1990), que fascinaba a Von Trier[4], y su acumulación de personajes extravagantes en diversidad de extraños sucesos, Riget es una serie verdaderamente coral. Las actrices y actores, que componen sus personajes ayudados por una dirección y planificación hecha a medida de su talento[5], realizan un trabajo perfecto en la encarnación de caracteres muy inteligentemente dibujados, y lo hacen en un espacio físico vívido, reconocible. El Reino se convierte así en un universo simbólico poderosísimo y verosímil, coherente por absurdas o increíbles o extremas que sean las situaciones que se suceden a un ritmo trepidante.
Además de esa referida excepcional tarea de interpretación, otros hallazgos colaboran, a nuestro juicio, en esa consideración de obra-mundo, de universo con vida propia. Por ejemplo la muy singular factura visual –aun revisada hoy, la serie mantiene una gran capacidad de sorpresa en este aspecto–, que de alguna manera adelanta algunas de las investigaciones de Dogma 95: cámara en mano, textura de la imagen a partir de tonos sepia y grano grueso, olvido de los rigores academicistas y reglas del raccord y el eje para situarnos en el corazón de la historia…, aspectos que confieren al conjunto una apariencia de semidocumental, y que sitúan ese mundo como territorio simbólico aparte y al tiempo reconocible, acaso como si se fotografiaran sueños, o pesadillas, o delirios (en esta dirección algún crítico ha planteado la posibilidad de que toda la narración no fuera más que un invento de esos dos chicos que están lavando platos en la cocina, lo que no sería, naturalmente, obstáculo para disfrutar de la verdad textual de lo que se cuenta, tal es la fuerza y la significación del texto y su capacidad de sugerencia).
También quisiéramos destacar la mezcla de géneros que concurren y se entrelazan en cada capítulo de la serie, especialmente tres: terror y suspense, drama –llegando a derivar al melodrama y por momentos al folletín– y comedia, brillante y divertidísima y ácida comedia. Los tres se presentan con frecuencia en escenas consecutivas –una escena, un género, digamos–, pero también se acumulan muchas veces en la misma secuencia: así, por ejemplo, en el caso de escenas de acción con la sombra del horror planeando y vertiginosamente humorísticas o dramáticas. Por difícil que parezca a priori, tanto el equilibrio como el mejunje funcionan y se sostienen con una gran habilidad para sorprender y para generar expectativas, tensar la narración y contribuir a la construcción de un estilo y de una arquitectura textual eficaz. Y en todo ello tiene que ver, por supuesto, el magnífico trabajo de montaje que, en la primera parte, convirtió cincuenta horas de rodaje en 16 mm (para ser después editada digitalmente, incluyendo manipulaciones en el color) en cinco horas de ficción. En especial, nos gustaría enfatizar un truco magnífico que consigue provocar en el espectador una sensación constante de interés y desasosiego al mismo tiempo: los cortes de tiempo dentro de la escena para acelerar los acontecimientos y concentrar la acción exactamente en lo esencial[6].
Y sí, como en el resto de la obra fílmica de Von Trier, la intensidad de cada escena es vigorosa, poderosísima, cosa infrecuente o impensable en otras filmografías contemporáneas: la apuesta va en serio, aunque también todo pueda parecer una broma gigantesca. Como la vida misma.

NOTAS
[1] Von Trier ya había realizado un trabajo para televisión en 1988, tras su debut cinematográfico con El elemento del crímen. Se trata de la película Medea, adaptación de la tragedia griega aprovechando un guión de Carl Theodor Dreyer que éste nunca logró rodar tras el fracaso de su última película (Gertrud, 1964).
[2] Por ejemplo los fallecimientos de tres de los actores y actrices más destacados de la serie.
[3] Las últimas informaciones que circulan por internet apuntan a que Von Trier está valorando una tercera parte situada en el futuro para justificar la desaparición de los protagonistas. Por cierto, habría que indicar la existencia de la serie Stephen King's Kingdom Hospital, de trece capítulos (incluye un piloto de dos horas y un final también de esa duración), versión del escritor estadounidense sobre la materia prima que nos ocupa, emitida en Estados Unidos en 2004, y en la que, al parecer, participó en la producción ejecutiva el propio Von Trier.
[4] Homicide: Life on the street, de Barry Levinson (NBC: 1993 -1999), es otra de las series que los directores de El reino nombran como referente para su trabajo. En España se ha puesto en televisión con el título de Homicidio.
[5] Según ha declarado en repetidas veces el director danés, esta forma de trabajar le permite ir más rápido y estar abierto a las intuiciones e improvisaciones de los intérpretes, que prueban el personaje desde intenciones diferentes y están siempre en el centro de la historia contada. “Mi intención es volver a contar con el público, y por eso no me detengo tanto en los efectos técnicos, prefiero centrarme en el juego de actores y en la historia. Puedo emplear la técnica como un zoom psicológico, porque el ser humano está dotado de una gran imaginación y está bien que la use”.
[6] Molly Marlene Stensgård, montadora de la serie, refiere que ese recurso no les funcionaba en las escenas cuyo objetivo era generar fundamentalmente miedo. En éstas prefirieron –y resulta interesantísimo comprobarlo– respetar el tiempo real de la acción y realizar un menor movimiento de la cámara para vivir al lado de los personajes su concentración en la situación.
(Publicado en el nº 2 de Cámara Lenta, junio de 2007)

CRÉDITOS

Este es el blog de CÁMARA LENTA, una revista semestral sobre cine y otros audiovisuales editada desde Sevilla por ImagoForum. El blog se integra en la web www.revistacamaralenta.com como zona que se actualiza con más frecuencia.

Iremos publicando en él algunos de los contenidos que aparecen en la edición en papel, así como diferentes noticias y convocatorias vinculadas al proyecto.

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Entrevista a Mercedes Álvarez



MERCEDES ÁLVAREZ:

“CON PACIENCIA Y TIEMPO, LA CÁMARA ACABA RETRATANDO TROZOS DE VERDAD"

El cielo gira (Mercedes Álvarez, 2004) transcurre en esa franja fértil que enlaza sueño, memoria y testimonio, apresando las sensaciones de eso que llamamos “la realidad” con una fluidez asombrosa. En el molde más o menos ajustado del documental de creación, la película crece sobre los trazos y las trazas de unas vidas, las de los habitantes de Aldealseñor (miles evaporados en el tiempo, catorce censados en la actualidad), que ningún guionista podría concebir.
Al plantearnos esta entrevista, localizamos a su directora de vacaciones en el escenario de El cielo gira, su pueblo natal. Nos hubiese gustado ir hasta allí, convivir unos días con Mercedes y sus paisanos y que estas preguntas y respuestas surgiesen en una lenta charla, frente al paisaje abierto y vasto de Castilla. Tuvimos que conformarnos con ese otro diálogo pausado del e-mail.

Cámara Lenta (CL): El cielo gira es un proyecto surgido en un máster de documental de creación, ¿crees que esa definición, documental de creación, se ajusta bien al género de la película?
Mercedes Álvarez (MÁ): No y sí. Como espectadora, prefiero llamar “película”, sin aditivos, a todo relato en imágenes proyectado sobre una pantalla de cine –sea ficción o documental– y lo mismo para El cielo gira. El apelativo “documental de creación” puede servir para connotar diversos aspectos y licencias en el tratamiento de la realidad; cierto subjetivismo, reflexión sobre lo documentado, mestizaje de registros, etc., que lo diferencian del reportaje, del documental de investigación, del documental didáctico o de la simple crónica.

CL: Desde el principio dejas clara tu implicación radical con lo mostrado. Transmites la sensación de que lo que aparece en la pantalla es un paisaje tuyo, un mundo tuyo aunque sólo lo hayas habitado ocasionalmente, tu primer mundo, un universo con el que te unen lazos afectivos sobre los que no puede pretender imponerse ningún afán de objetividad. ¿El documental es más útil que la ficción en estos casos, cuando se quiere aludir a algo tan íntimo, tan cercano a la propia vida?
: Creo que depende de una elección personal. Con el mismo material de la propia experiencia un escritor puede elegir diversos géneros para expresarla: el diario, la novela autobiográfica o un tipo de novela más ficcionada. Todos ellos suponen diversos grados de distanciamiento respecto de lo vivido y de las personas que se conocen en el camino, y cada uno de esos grados con su verdad y su utilidad. En el caso de El cielo gira hay mucho de diario, de álbum de fotos familiar, de homenaje, testimonio y recuerdo de seres queridos, aunque luego hay también una reflexión más distanciada sobre el paso del tiempo y de la vida.

CL: El uso de tu propia voz, en off, para hilvanar la narración, subraya de una forma física esa implicación, al tiempo que sugiere una visión poética. Supongo que en un principio te plantearías su necesidad. ¿Por qué te decidiste a utilizarla?
: Fue algo que se impuso durante la construcción del relato, ya en la fase de montaje, y de un modo larvado. Pero una vez tomada la decisión ya vi claramente el punto de vista y no dudé más. La voz en off guiaría y alumbraría el sentido de muchas imágenes, aunque la dirección del relato y la estructura argumental seguían estando sometidas a reflejar el transcurso de los sucedido en La Aldea durante los nueve meses de grabación, respetando la verdad de la acción y la sucesión temporal, el carácter documental de las imágenes.

CL: Desde esa voz, formulas, como directora, un propósito: sacar “tres o cuatro palabras” a los habitantes de Aldealseñor. ¿Para ti era importante darles también a ellos la palabra, dejarlos que contasen no sólo su historia sino la Historia?
: De hecho, ése era el principal propósito ya antes de comenzar a grabar; la voluntad de retrato y de dejar testimonio, el de ellos. La evocación imaginaria o el recuerdo de infancia en el pueblo formaban parte de mí pero las valoraciones sobre la vida en la aldea y su destino pertenecen a ellos, no podía usurpar ese papel, no podía haber una tesis, una petición de principio por mi parte. La aparición de los aerogeneradores o la llegada del hotel, así como las huellas de culturas pasadas, eran hechos que les sucedían a ellos y yo debía mantenerme al margen.

CL: A priori, El cielo gira no encaja en los tópicos moldes del documental político o ideológico. Sin embargo, le inyectas ideología mediante mecanismos muy sutiles, como la paradoja. La película habla así no sólo de la despoblación, sino también de las guerras, de la frivolidad con la que los grandes partidos políticos se relacionan con los ciudadanos sólo para pedirles el voto, de la especulación urbanística… ¿Te interesa más ese tipo de crítica solapada que la denuncia directa?
: No estoy muy de acuerdo en lo de la “ideología” respecto de la película. De hecho, mi opinión política sobre la forma de abordar responsabilidades y soluciones en el tema de la despoblación rural es algo variable, hay que analizar muchos factores, pero en todo caso mi opinión no creo que fuera lo más interesante para el espectador. Lo que me interesaba era salir al encuentro y registrar con la cámara los hechos significativos de ese destino del pueblo, cómo declina una forma de vivir, toda una época, y llega otra nueva; qué cosas ocurren durante ése crepúsculo, qué verdades pueden revelarse, cómo brillan especialmente algunos hechos mínimos: la reforma del palacio, la propaganda electoral, la invasión militar cibernética de Irak, la aparición de los aerogeneradores, los nuevos inmigrantes marroquíes, etc. Esos mínimos hechos quizá ayudan a imaginar cómo aparecieron y desaparecieron allí mismo otras culturas pasadas, las que se mencionan en la película.

CL: En muchos planos, la cámara guarda una gran distancia física con los personajes y las situaciones, ¿qué motiva esa distancia?: ¿rubor?, ¿respeto?
: Durante las reflexiones en off el punto de vista se aleja, de un modo natural, pues pertenecen a mi imaginario o bien al punto de vista de un forastero, un viajero que visitara esos páramos, o alguien que los recuerda y los evoca. Pero existe también un tratamiento fantasmal obligatorio porque en este caso las cosas y las personas están en trance de desaparición, se desdibujan, se presentan de un modo inestable, emergiendo de la niebla, alejándose por un camino o perdiéndose en el horizonte de una loma, contra el cielo. Están ahí pero muy pronto ya no estarán y sólo quedará el eco de lo que hablaban y contaban. Ese efecto se realza si después de unos planos cortos, de un diálogo entre ellos, volvemos a ver las cosas desde lejos; un paisaje con figuras lejanas, los sonidos del campo, la ausencia de quien antes hablaba frente a la cámara.

CL: Películas como El cielo gira le deben mucho al hallazgo de unos personajes maravillosos, con una fuerza imposible de concebir desde la ficción. ¿Cómo fue el trabajo con ellos?
: Personajes tan maravillosos los hay en todos los pueblos de Soria, de Castilla y del mundo. Sólo hace falta creer que con paciencia y tiempo –con mucho respeto y complicidad– la cámara acabará retratando trozos de verdad, de sus rostros y sus palabras. Por mucho que alguien intente ocultarse o disimular delante del objetivo, la cámara acaba capturando en los rostros y gestos buena parte de la verdad de las personas.

CL: Y, en general, ¿cómo se trabaja en el guión de una película como ésta? ¿Cuánto hay de previsión y cuánto se deja al azar?
: El guión comenzó antes del rodaje y acabó el último día de montaje. Al comienzo, tenía la forma de previsiones, de puestas en situación de los personajes, nunca de reproducción de hechos concretos. Observación de las cosas y previsión de hechos que iban a ocurrir, que podían ocurrir o no, o de una u otra manera. Durante el rodaje, la disponibilidad de tiempo y la ligereza de equipo son fundamentales para capturar situaciones. Una vez grabado todo el material comienza la organización de la memoria, durante el largo montaje, la reflexión sobre lo que pasó en La Aldea durante esos meses, la búsqueda, la construcción y la revelación del auténtico relato.

CL: Es inevitable establecer paralelismos entre En construcción (José Luis Guerin, 2001), donde fuiste responsable del montaje, y El cielo gira, tu primera experiencia de largo metraje en la dirección. ¿Qué aprendizaje o qué herencia de aquella película reconoces en ésta?
MÁ: Me voy a repetir un poco. En En Construcción hubo un tratamiento de la captura de la realidad muy parecido, con un equipo muy ligero y muchos días de observación y grabación en medio de las calles del Raval de Barcelona. Una búsqueda parecida de situaciones y personajes guionizables, y un trabajo muy paciente de montaje. Todo lo que aprendí, que fue mucho, me sirvió para acometer el rodaje en el pueblo.

CL: Los dos documentales tienen una gran similitud argumental, hablan del efecto del tiempo sobre un lugar y sus habitantes. Y comparten además un mismo tempo, un montaje reposado. Sometidos como estamos a abrumadoras representaciones fugaces y fragmentarias, ¿la elección de mostrar y contar con un ritmo lento es una apuesta ética y no sólo estética?
: En el caso de El cielo gira no es que el ritmo fuera premeditadamente lento o rápido, no había una apuesta. Me fui metiendo en ese ritmo reposado sin darme cuenta, ya durante la estancia y el rodaje en La Aldea, y luego durante el montaje se trasmitió así a la duración de los planos y secuencias. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que no podía haber sido de otra manera. En los páramos la vida es así, desde que sale el sol hasta que anochece, el tiempo se detiene sobre una encina, las nubes pasan morosamente, se escucha el silencio.


Juan Antonio Bermúdez
(Publicada en el nº 1 de la revista Cámara Lentanoviembre de 2006)

Imágenes (de arriba a abajo):

1: Mercedes Álvarez

2,3, 4 y 5: Fotogramas de El cielo gira